domingo, 3 de abril de 2016

Avances del Espíritu al superar etapas



¿Qué otros avances ha logrado el espíritu después de superar la etapa de la vanidad?
Haré una descripción general de los logros que ha alcanzado el espíritu que se ha desprendido bastante de la vanidad y se encuentra plenamente inmerso en la etapa del orgullo, las cuales emanan del hecho de que se trata ya de un espíritu conocedor del sentimiento, afianzado como dador de amor.
El concepto de justicia está más desarrollado. La persona que ha llegado al orgullo es más consciente de lo que es verdadero y justo y de lo que es sólo apariencia. En general, los orgullosos se comportan más justamente. Ya no procuran favorecerse a sí mismos si para ello han de ser injustos, sino que en sus decisiones tienen en cuenta el perjuicio que pueden causar a los demás. El orgulloso ya no pretende que le complazcan, busca que le quieran y también querer auténticamente. La cualidad contraria a la vanidad, y que el orgulloso ya ha adquirido, es la modestia, porque no busca hacer las cosas para llamar la atención, sino por la satisfacción de ser justo y generoso. Los orgullosos son generosos con aquellos a quienes quieren. Por lo tanto, en las relaciones, ya no buscan ser el centro de atención. Prefieren una amistad auténtica a cien superficiales.
¿Quiere decir esto que si el orgulloso es espiritualmente más avanzado que el vanidoso, también avanza más rápidamente?
No, porque la rapidez del avance depende de la voluntad y el énfasis que ponga el espíritu en desprenderse del egoísmo y en amar. Hay orgullosos que se han detenido en su evolución, pudiendo durar el estancamiento muchas vidas, así como vanidosos que ponen mucha voluntad en avanzar y progresan rápidamente. Aunque sí es cierto que el mayor conocimiento y conciencia de los sentimientos hace que el más avanzado tenga más capacidad para avanzar y pueda ser más firme en su voluntad de avance, y sufre más cuando se estanca, con lo que también este malestar le supone un revulsivo para avanzar. Comparar un espíritu avanzado que lleva muchas encarnaciones a sus espaldas con uno joven y poco avanzado es tan ridículo como creer en la validez de los resultados de un mismo test de inteligencia que se hace a un niño de siete años y a un joven de quince.
Lo normal es que, aun pudiendo ser el de siete muy inteligente, el de quince años obtenga mejores resultados que el de siete, lo cual no tendría ningún mérito, ya que el de quince, por tener más edad, ha tenido más tiempo para aprender y está más desarrollado, física y mentalmente.
Por tanto, las comparaciones evolutivas no han de hacerse con los demás, sino con uno mismo respecto a lo que ha podido avanzar de una encarnación a otra, ya que el nivel evolutivo no depende sólo de la rapidez con la que se aprende, sino también del tiempo que lleva cada espíritu evolucionado. Y como cada ser tiene una edad espiritual distinta, lo que ocurre generalmente es que los espíritus más viejos están más evolucionados que los más jóvenes, sencillamente porque llevan más tiempo de evolución. No obstante existen casos particulares de espíritus jóvenes que han progresado muy rápidamente y han adelantado a otros más viejos que ellos, y a la inversa, espíritus muy viejos que se han estancado espiritualmente durante mucho tiempo y que son adelantados por generaciones de espíritus más jóvenes.
¿Podrías poner un ejemplo que remarque la diferencia entre el nivel evolutivo y la rapidez del progreso evolutivo?
Sí, el de dos coches que parten del mismo punto, pero uno lo hace una hora antes que el otro. El que sale el segundo inicialmente está más retrasado. Pero si su velocidad es mayor que la del primero, en algún momento le alcanzará. La distancia recorrida equivale al nivel evolutivo del espíritu, mientras que la velocidad, al ritmo de evolución en cada momento.
Volviendo al tema del orgullo, ¿puedes explicar entonces qué es el orgullo y cuáles son sus manifestaciones?
El principal problema del orgulloso es la dificultad en encajar la ingratitud, el egoísmo y la falta de amor de otras personas hacia él, sobre todo si ha establecido vínculos afectivos con ellas. Aunque el orgulloso es capaz de querer fácilmente a los que lo quieren, todavía demuestra dificultad en querer a los que no lo quieren. Por ello, el orgulloso se resiste a aceptar a las personas queridas conforme son, con sus virtudes, pero sobretodo con sus defectos. El orgulloso tiene gran dificultad en admitir que puede estar equivocado en sus concepciones. Le cuesta encajar el amor no correspondido, es decir, que haya personas que, por mucho que se las quiera, persistan en sus actitudes egoístas, sobre todo si se da en familiares muy allegados, como los padres, los hermanos, la pareja, los hijos, etc. Espera algún cambio de ellas a raíz de los esfuerzos que él mismo pone para que cambien, y se desespera, se deprime o encoleriza cuándo, a pesar de ello, no lo consigue.
Es capaz de dejarse absorber con tal de que le expresen un pequeño gesto de cariño. Pero cuando descubre que está siendo manipulado por determinadas personas, se encoleriza sobremanera, pudiéndosele despertar el rencor hacia ellas. Aunque aparentemente no busca recompensa en lo que hace, todavía encaja mal la ingratitud, es decir, cuando pone su mejor voluntad para ayudar a alguien y recibe palos a cambio.
Por ello, las manifestaciones del orgullo se desencadenan cuando el orgulloso sufre algún episodio de ingratitud o desamor. Frente a las contrariedades y las heridas en sus sentimientos reacciona encerrándose en sí mismo, aislándose de las relaciones humanas. Se le despierta entonces la ira, la rabia, la impotencia, la testarudez, el miedo, la culpabilidad. Tiene tendencia a ocultar sus sentimientos y emociones, miedo a expresar lo que siente por temor a que le hieran en sus sentimientos más profundos. Por un lado, reprime los sentimientos negativos porque no quiere ser digno de lástima, ni que otra gente lo vea débil y aproveche su debilidad para hacerle daño. Por el otro, reprime los sentimientos positivos porque no quiere que a las personas vanidosas se les despierte la envidia e intenten perjudicarle. La tendencia a reprimir los sentimientos positivos les hace sentirse desgraciados.
La tendencia a reprimirse y ocultar estados de ánimo negativos, a sufrir en silencio, puede hacerlo estallar de cólera, rabia e ira en momentos puntuales, de lo cual se siente culpable posteriormente. Son la desconfianza en los demás y el creerse autosuficiente para tratar cualquier problema, las actitudes que más le aíslan de los demás.
¿Cuál es la manifestación más dañina del orgullo?
El llegar a creer que uno no es digno de recibir amor, de ser amado auténticamente, y que, por tanto, tampoco merece la pena amar. Esta es la actitud que más le hace aislarse en sí mismo, la que lo puede transformar en alguien reservado, apático, tímido, triste, melancólico, irascible y sin ganas de vivir.
Si hemos dicho antes que el vanidoso no es capaz de apreciar cuando se le ama, el orgulloso no permite que se le ame. Así que por una razón o por otra el resultado es que por culpa del defecto, la persona, aunque esté siendo amada, no se siente amada. El vanidoso, porque más que de recibir sentimientos, está pendiente de que satisfagan su egoísmo. El orgulloso, porque al encerrarse en sí mismo para evitar que le hagan daño, se niega a recibir para sí mismo cualquier muestra de afecto.
Puede ocurrir que ya desde la niñez haya tenido que hacer de todo para que se le preste un poco de atención y por ello se haya autoconvencido de que no hay nada mejor, de que no puede ser querido por alguien tal y conforme es. ¿Y qué ocurre entonces? Que cuando llega alguien dispuesto a amarlo de esa forma, incondicionalmente, tal y conforme es, y no por lo que hace, se asusta y se esconde en sí mismo. Lo rechaza sencillamente porque no se lo puede creer. “No me puedo creer que alguien me quiera, que no quiera aprovecharse de mí. Seguro que hay alguna trampa. Seguro que si me abro para recibir, me darán la gran puñalada y sufriré todavía más. No merece la pena”. Y entonces, el orgulloso, aunque tiene lo que necesita para comenzar a ser feliz y es capaz de apreciarlo, lo rechaza. Entonces sufre por no querer sufrir, por no querer luchar por los sentimientos.
¿Y qué se puede hacer para vencer el orgullo?
Al igual que para la vanidad, el primer paso es tomar conciencia del defecto y el segundo paso es la modificación de la actitud. El mero hecho de adquirir conciencia del defecto y sus manifestaciones no impedirá por sí mismo que se presente. Pero el reconocerlo nos ayudará a evitar actuar conforme él quiere a la hora de tomar decisiones en nuestra vida. Si esas decisiones las tomamos ahora en función de lo que nos dictan los sentimientos, el defecto se irá debilitando paulatinamente hasta que finalmente será vencido.
La toma de conciencia pasa por conocer en profundidad qué es el orgullo, cómo se manifiesta en uno mismo y qué es lo que lo alimenta. El orgullo se alimenta del miedo, la desconfianza, la autosuficiencia y se manifiesta como aislamiento y represión de la sensibilidad. El orgullo es para la sensibilidad del espíritu como una coraza que la envuelve, una fortaleza inexpugnable que la rodea y que impide la entrada y la salida de los sentimientos. Por lo tanto hay que luchar para echar abajo esa coraza.
El paso inicial que tiene que dar el orgulloso para vencer su orgullo es liberarse de la creencia de que no es digno de ser amado, de que jamás encontrará a alguien que lo ame verdaderamente. El que busca el amor verdadero y correspondido lo encuentra tarde o temprano, porque los espíritus que son afines tienden a buscarse y se reconocen cuando se encuentran. Pero hay que ser paciente y constante, porque el que cierra la puerta a cal y canto para protegerse de lo malo, la cierra también para experimentar lo bueno. Está bien ser prudente para evitar que nos hagan daño. Pero no podemos renunciar a los sentimientos, ni devolver ingratitud con ingratitud, odio con odio, rencor con rencor, porque lo que nos hace sufrir a nosotros también hace sufrir a los demás. Y el que es más consciente del sufrimiento por tener más sensibilidad, es más responsable de crearlo que aquel que genera sufrimiento sin ser consciente.
Ya os he dicho y lo repito, no estáis solos. Todos, absolutamente todos, todos sois amados profundamente por Dios, por vuestro guía, por multitud de seres espirituales y amigos, vuestra familia espiritual, encarnados o desencarnados. Y todavía más: cada uno de vosotros tiene un alma gemela, una media naranja, a través de la cual experimentaréis el despertar del amor puro e incondicional. Sólo hace falta que toméis conciencia de ello.
También ha de aprender a encajar mejor la ingratitud de aquellos que le hicieron daño, porque tiene capacidad de comprender a aquellos que no comprenden, y ha de comprender que una vez estuvo él también en la misma situación.
Al mismo tiempo, ha de perder el miedo a ser él mismo. Ha de liberarse de las cadenas tendidas por aquellos que dicen que le quieren, pero que actúan queriéndolo someter. Pero tampoco ha de tomar el camino contrario, es decir, el de aislarse de las relaciones humanas por temor a sufrir. No está mal el desear que a uno lo quieran, pero ha de saber que no todo el mundo tiene la misma capacidad de amar y no debemos exigir a los que son nuestros allegados o simplemente conviven cotidianamente con nosotros que nos quieran o nos respeten con la misma intensidad que nosotros les queremos o respetamos, sólo porque nos gustaría ser correspondidos. Porque ¿quién es más culpable de desamor, aquel que no ama porque no sabe (vanidoso), o que aquel que sabiendo amar se inhibe de hacerlo por su defecto (orgulloso)?
Es importante también que no se sobreesfuerze en complacer a los demás, si ello significa renunciar al propio libre albedrío, creyendo que de esta manera conseguirá despertar en los demás el sentimiento que todavía no se ha despertado, porque ese sobreesfuerzo sin recompensa le pasará factura más tarde en forma de decepción, tristeza, desengaño amargura, rabia e impotencia. Como ya he dicho, el auténtico amor se da incondicionalmente, sin esperar nada a cambio, y no se puede obligar a nadie a dar algo que no quiere o no puede dar.
Brevemente, ¿qué le dirías a un orgulloso que le pudiera ayudar en su evolución?
Que cuando te sientas triste o vacío no te encierres en ti mismo No reprimas tus sentimientos creyendo que vas sufrir menos por no sentir, porque sufrirás todavía más y será además un sufrimiento estéril que no te lleva a ningún sitio. Busca vivir de acuerdo con lo que sientes y no con lo que piensas. Sé comprensivo con los demás, pero no te dejes llevar por lo que los demás esperan de ti, si no es lo que tú sientes. No te escudes en el daño que te han hecho para justificar tu desconfianza y tu aislamiento. Sé prudente con los que sientas que quieren aprovecharse de tus sentimientos pero abierto con los que van hacia ti de buena fe.
¿Y cómo ha de hacerse para no dejarse absorber y al mismo tiempo no hacer daño a los demás?
Hay que saber si el sufrimiento de la otra persona es debido a alguna actitud egoísta de nuestra parte, o si sufre por su propio egoísmo, es decir, por no querer respetar nuestra voluntad y libre albedrío. Si es por una actitud egoísta nuestra, debemos trabajar para modificarla, pero si es por el egoísmo de la otra persona, será ésta la que tenga que hacer un cambio para estar mejor, porque es ella misma la que se provoca el sufrimiento. Ha de saber que sufre por sí misma, aunque crea que es por lo que los demás le hacen.
¿Y si no quiere cambiar?
No se le puede forzar a cambiar, porque eso sería una vulneración de su libre albedrío y aunque ese cambio le pueda ser beneficioso, si es forzado no es auténtico. Pero eso no le da derecho a forzar la voluntad de los demás, con lo cual el espíritu sometido a una actitud egoísta de otra persona que busca complacer su egoísmo, no debe ceder en sus sentimientos y convicciones profundas.
¿Y cómo puedo distinguir, por ejemplo, si tengo un conflicto con una determinada persona, cuándo esa persona sufre por su propio egoísmo o por una actitud egoísta mía?
Ponte en el lugar de la otra persona y analiza cómo te sentirías en su lugar y qué querrías tú en su situación. Si cambias tu decisión como receptor de una acción respecto a lo que tenías pensado hacer como emisor o ejecutor de esa misma acción, es que había algo de egoísmo e injusticia en tu actitud. Si mantienes la misma postura como receptor y como emisor, estás más cerca de ser justo. De todas maneras, usualmente suele ocurrir que hay una mezcla de todo, es decir, que hay actitudes egoístas en ambas partes, con lo que a cada uno le corresponde rectificar su parte de actitud egoísta, pero mantenerse firme en lo que no lo es, y no ceder frente a las actitudes egoístas de los demás. Al final todo se resume en la máxima “no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran ti”, y “lucha para que los demás no te hagan a ti ni a los que dependan de ti lo que sabes que es motivo de sufrimiento y una vulneración de la voluntad”.
Necesito un ejemplo para entenderlo mejor.
Vale. Te pondré un ejemplo. Imagina una madre que le pega al hijo como forma de educarle porque, según ella, es la forma en que el niño obedece, sin tener en cuenta el dolor físico y psicológico que le puede estar causando. Si realmente está convencida de que su actitud es la correcta, entonces no tendrá ningún problema en admitir que a ella le pegue su marido y que para justificarse éste utilice los mismos argumentos que utiliza la mujer respecto al hijo. Pero resulta que como a todo el mundo nos hace sufrir que nos pequen, seguramente esta mujer se quejará amargamente de su situación con el marido y, por supuesto, no estará de acuerdo en que su marido le continúe pegando, ya que sufre terriblemente por ello.
Esa madre deberá caer en la cuenta de que si sufre porque su marido le pega, también su hijo debe estar sufriendo en la misma medida cuando ella le pega, y si quiere ver la realidad y aprender de ella llegará a la conclusión de que el hecho de pegar está mal en sí mismo, porque provoca sufrimiento, y no hay motivo que lo justifique. ¿Cuál es la solución para esta mujer? Renunciar al uso de la violencia contra su hijo, porque de esa manera vence su propio egoísmo, su afán de doblegar por la fuerza la voluntad de otro ser más vulnerable y, al mismo tiempo, luchar por liberarse de la opresión del marido agresivo y egoísta que vulnera violentamente su propio libre albedrío. Si el agresor sufre al perder a su victima no es porque la víctima le esté haciendo daño, sino porque no quiere renunciar a su egoísta deseo de doblegar por la fuerza la voluntad de otro ser.
Vicent Guillem
Fuente: lasleyesespirituales.blogspot.com
Visto en Compartiendo Luz con Sol.
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